¿Sin esperanza de futuro?

La España de principios del siglo XXI. Políticas anticiudadanas de un social-liberalismo déspota y corrupto.


Convulsión en los corazones y telarañas en las neveras.

Desvergúenza e indecencia. Despotismo y nepotismo. Saqueo y corrupción. Estado y latrocinio. Políticos y banqueros. Europa por cojones.

Oir, ver, callar… ¿y tragar?

La antiEspaña “Marrana” que nos está tocando sufrir es, ni más ni menos, la patológica consecuencia del falaz y pútrido sistema que algunos pretendieron vender a nuestros padres como “libertad y democracia”. Digo pretendieron porque, si bien lo impusieron, el número de inicialmente escépticos que aún vivan y pase de los sesenta años es, posiblemente, mayor que el de aquellos que “tragaron” sin cuestionarse dudas al respecto.

De aquellos que tragaron, unos lo hicieron por conveniencia e intereses egoistas -carentes de todo sentimiento de Justicia y Patria- y otros por triste y penosa ignorancia. Estos, los últimos, ahora lloran apenados al comprobar el timo nacional del que fueron víctimas, viendo perderse en el vacío sus esperanzas de vivir una tranquila, merecida y cómoda tercera edad en la Nación por la que lucharon y la cual reconstruyeron con sangre sudor y lágrimas después de la necesaria contienda que nos habría de librar del peligro de convertirnos en una “provincia satélite” soviética más.

No, no soy franquista -lo digo porque me están pitando los oidos cual si alguno se estuviera acordando de mi madre- sino seguidor del ideario patriótico-social, convertido en doctrina por aquel hombre que fue asesinado en la cárcel de Alicante el 20 de noviembre de 1936.

Soy del 64. Viví la primera parte de mi EGB en los últimos años del franquismo y, perdónenme si con esto ofendo a los “adalides defensores de la memoria histórica”, puedo asegurar que, aún siendo un niño por entonces e hijo de un humilde ferroviario y una mujer dedicada a su familia, puedo asegurar, repito, que, en casa de dicha familia, se sufrían menos carencias de las que en la actualidad existen en este hogar de ahora, donde residimos mi esposa, mi único hijo y yo, del cual un servidor es responsable directo de su mantenimiento y, creo ya frustrada, prosperidad.

Fernando Rodríguez Mayo